01.23.07
La fuente
Desperté sobresaltada sintiendo un suave perfume a flores, mezclas de lavanda, jazmín y notas de madreselva. Me pareció escuchar el tintinear de gotas de agua cayendo cerca mio. Una ligera brisa húmeda, pero tibia, invadía el lugar. Percibí que la tarde caía y en el cielo comenzaban a verse unas minúsculas lucecitas brillantes que parpadeaban temblorosas. Traté de incorporarme pero me fue imposible moverme. Miré a mi alrededor esperando encontrar la mesilla de noche y la lamparita antigua para encender una luz. No pude ver nada, la penumbra que me envolvía no me permitía imaginarme lo que de verdad ocurría a mi alrededor. A pesar de todo, no tuve miedo, es más, me pareció agradable aquella sensación de abandono, me sentí en paz.
El cielo comenzó a oscurecerse cada vez más y oí a lo lejos el chirrear de algún grillo entre las hojas. Levanté la cabeza hacia adelante con alguna dificultad ya que mi cabello parecía enredado en las ramillas del suelo.
No sabía donde estaba, no era por cierto mi habitación donde hace algunas horas había acudido a recostarme después de trabajar en mi taller. Recordé fugazmente haber echado una manta sobre mis piernas, pero ahora no había tela sobre ellas. Mi cuerpo estaba cubierto de hojas húmedas.
Me encontraba en algún lugar de mi jardín detrás de la fuente que había hecho construir el verano pasado. Ese rincón siempre me pareció fascinante. La idea había sido hacer un refugio de agua y flores para pajaritos. Después fue adquiriendo vida propia, cada día descubría una flor diferente, una cascada distinta y un recodo de piedras que no había advertido el día anterior. Tenía helechos frondosos que crecían retorcidos entre las piedras gruesas que formaban la pared del cuenco. El manto de novia cubría casi todo el suelo con su aspecto mullido de verde felpa dejando entrever algunas minúsculas florecitas azules y blancas. Y estaba ese pequeño altar formado por las piedras y las enredaderas húmedas que parecían reptar para luego caer desde lo alto.
¿Cómo llegué allí? Mi mente no lograba coordinar los pensamientos para poder entender lo que estaba ocurriendo. El día anterior me había sentido muy cansada. Había trabajado hasta tarde intentado terminar aquellas esculturas para entregar al museo botánico, pero el sueño finalmente me había vencido.
Ahora la oscuridad era casi total, solo el brillo lejano de la luna levantándose sobre el horizonte. Su reflejo en las piedras de la fuente, las hojas y flores recortadas bajo el manto de la noche, daban al lugar un aspecto mágico.
Atraída por un ruido, desvié mi vista hacia al lado izquierdo de mi cuerpo al tiempo que descubrí unas minúsculas figuras que se movían sigilosas rodeándome la oscuridad. Creí percibir en ellas cuchicheos y risas, pero no pude ver nada claramente. Por un momento me sentí deslizar hacia la fuente en un movimiento que no era mío. El aroma de las flores se había hecho mas intenso y nublaba mis sentidos, tenía sueño y a pesar de encontrarme en ese lugar inimaginable, me dejé adormecer y deslizar.
La mañana amaneció brillante y fresca. Los pajarillos acudían como cada día a refrescarse a la fuente del jardín. Aquel día tuvieron otro lugar donde jugar y perseguirse en sus devaneos románticos de primavera. La fuente estaba más bella que nunca con sus pequeñas figuras de personajes mitológicos y de fantasía. Algunos alados, otros con antenas brillantes en la cabeza y una figura femenina recostada a un lado de la fuente con el cabello ensortijado y cubierto de flores, que parecía dormir plácidamente rodeada de los pequeños personajes que jugaban a su alrededor.