09.01.06
El esfuerzo
Hago nuevamente un esfuerzo. Las energías me abandonan y el espíritu desfallece irremediablemente.
Tal vez el tenaz deseo de sobrevivir me mantiene algo lúcida, aunque a veces me pierdo en el desvarío que producen las sombras grises y opacas que me rodean. La negra noche me envuelve más y más con su manto de temores y dudas. A veces avizoro una luz lejana;pero es irreal, es un reflejo de luna distante que se desvanece al entrar por mi ventana.
Mis piernas y brazos están inermes. Han perdido la gracilidad que les otorga el movimiento. Largos, delgados y aguzados, yacen a cada lado de mi cuerpo;flaco, menguado,esperando un soplo de vida que les inyecte energía y movimiento.
Mi gesto, semi oculto por un velo de cabellos grises y opacos, antes castaños, sedosos y ensortijados, ha perdido la expresión y solo es una mueca permanente de amargura y miedo en una piel cetrina. Los ojos, reflejos de las profundidades del alma aparecen vacuos y sin vida; no hay una luz que los anime, perdidos en los desvaríos de mi espíritu desfalleciente.
El color de la desesperanza final inunda el estrecho cuarto, al parecer llega el momento crucial. El tanato pugna por filtrarse a través de los huecos de las frágiles maderas.
No quiero ceder, deseo sobrevivir a pesar de todo, no obstante la decadencia total, la desesperanza y la amargura de lo perdido. Es preciso un esfuerzo, debo ganar esta lucha sin contendor, es solo mi orgullo contra la verdad de la vida.
Pero ¿cómo se inicia nuevamente el camino? ¿Cómo se cierran las heridas y cómo se cura la enfermedad del espíritu?
No basta un esfuerzo.