08.10.06
Pérdida
Ya no recuerdo como era aquello. Una sensación de placidez me invadía toda. Nada parecía estar fuera de lugar, el tiempo discurría fluyendo como una cascada luminosa de sucesos leves, claros y adecuados, sin dejar un rastro a su paso.
Mi alma suspendida como en una bruma eterna, flotaba mecida apenas por el frágil paso del día a la noche. Nunca parecía bajar, siempre estaba allí, en un mundo propio al que no se le permitía que nada ni nadie lo enturbiara. A veces mi espíritu ajeno al dolor creía percibir una inquietud, pero pronto se desvanecía dejando paso a esa fluidez de seda de la quietud total. Así pasaron meses y años, hijos y padres, amigos y amigas. Y ese hálito que me mantenía, permanecía conmigo.
No supe en que momento comenzó a entrar aquella nube grisácea. Primero fue un asomo en un día cualquiera, luego fue deslizándose furtivamente, como una grieta fina en un cuadro, como una pequeña mancha de aceite gris que comienza a penetrar lentamente en el tejido que lo sustenta y que lo va invadiendo casi imperceptiblemente.
La mancha comenzó a penetrar ya sin pudores la leve trama de mi espíritu quieto y calmo, ajeno a avatares, desdichas y temores. Me inundó por completo una noche, la presentía, la sentía ya cercana en un momento de debilidad, pero a la vez de lucidez. Esa noche supe que nada sería igual.
La etérea atmósfera de mi vida se esfumó encendida por aquel fuego negro que cayó sobre mí ahogándome. ¿Cómo fue que permití que llegara? ¿Fue la autocomplacencia de un espíritu inocente, pero culpable de una dicha irreal? ¿Fue la fantasía de mis sentidos que no lo supieron advertir a tiempo? Tal vez fue la vida misma que se impone a nuestras quimeras más profundas e ingenuas.
Lo cierto es que la oscuridad ha invadido mi vida. Mis días y mis noches ya no tienen el tintineo de un espíritu cantarino. El desgarro diario de mi alma, al que el dolor ha hecho su presa, me mata cada día y me mantiene viva, alerta a no ser consumida hasta las profundidades infinitas por la angustia de no poder volver a la luz, quieta y cristalina, que en un momento fue eterna y ahora ya no existe.
Es la muerte de un espíritu libre que ahora vaga presa de la incertidumbre y la angustia. Así vivo mis días esperando que algo ocurra..
08.09.06
La mirada
La mirada fue lo que me atrajo más. Aquellas pupilas inquisidoras y a la vez dóciles parecían abarcarlo todo con un sólo movimiento de los ojos. Las pestañas , hacían su trabajo.
Aquellos ojos eran excepcionales, no tanto por el color o la forma, sino por cómo manipulaban cuando entraban en acción. Nunca podía sustraerme al influjo que ellos ejercían sobre mí. Eran un imán o a veces una guillotina. Eran de miel y limón y otras veces brillaban destellando un gris acero profundo que me sumergía en el miedo mas intenso.